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LENGUAJE INCLUSIVO Y DISCRIMINACIÓN CONTRA LAS MUJERES (PARTE III)

Ricardo Garzón Cárdenas

Investigador Universidad de León

Sílex Formación Jurídica

Hemos visto el concepto de género gramatical (Parte I) y luego el concepto de gramática (Parte II) para limpiar a estos de acusaciones incorrectas de sexismo e invisibilización de la mujer. En esta tercera parte abordamos el concepto determinante para evaluar el uso sexista del lenguaje: el contexto. Son las consideraciones pragmáticas las que nos permiten ver con mayor claridad lo que no se le debe imputar a la gramática sino a los hablantes.

PARTE III: INVISIBILIZACIÓN DE LA MUJER: ENTRE LA GRAMÁTICA Y LA PRAGMÁTICA

PENSANDO EN ABOGADOS

Todos acariciábamos en la mente nuestra tarjeta profesional. Ya faltaba poco. Está empezando la clase de Seguridad Social, últimos meses de mi último año de Derecho, en la Universidad Externado de Colombia. El temible Doctor Puyana seguía un ritual que le proveía evidente placer: arrojar a la clase una pregunta extensa y compleja, tan difícil de responder como de recordar, al tiempo que sus pupilas jugaban a disparar, en su lista, al nombre de la desgraciada víctima que hubiera de contestarla.

Con voz inquisitoria espeta: “¡Doctor Mier!”. Mier pasa saliva. El profesor dulcifica su tono, consciente del aterrador efecto retórico que produce una voz tierna, tras sentenciar el nombre de quien escucha, como el gato que pareciera relajarse ante el ratón cautivo y ya agotado: “¿Qué haría usted ante esta situación?”. Mi compañero, producto del susto o un velocísimo y temerario sentido del humor, respondió con firmeza y altivez digna de veterano en el asunto: “¡yo le preguntaría a un abogado!”. La centena y media de los asistentes, incluido el temible Dr. Puyana, estalló en carcajadas.

Comprendidas unas ochenta mujeres, a ningún miembro de la clase se le ocurrió pensar que había machismo alguno en que el interrogado no le hubiera querido preguntar a una abogada. ¿Por qué?

Una explicación feminista a la inocencia del público ante la ingeniosa respuesta de Mier consistiría en que los asistentes no eran conscientes de que la respuesta invisibilizaba a la mujer: nadie se dio cuenta de que quien detenta el conocimiento jurídico se estaba planteando en términos masculinos, un paradigma patriarcal constatado. Una vez más, se tomaba al hombre como la medida de todas las cosas valiosas. Podría, incluso, afirmarse que tras las risas se esconde la idea de que la mujer no sería digna de confianza para consultarle su criterio jurídico: los abogados son confiables, pero no las abogadas.

Pero esta explicación confunde dos planos: el del hablante y el del oyente. Un hablante puede usar de manera sexista el lenguaje, sea por el uso de términos discriminatorios o expresiones que oculten a las mujeres. En todo caso, la primera clave para determinar ese sexismo es la gramática. Desde la otra orilla, puede suceder, como en esta anécdota, que los enunciados sean gramaticalmente impecables, pero sea el oyente quien detecte el sexismo. Lo que podría suceder a las feministas que se representen la situación y evalúen los enunciados con el contexto de los actuales días. Se trata de un sexismo lingüístico que se atribuye al contexto y, particularmente, a las ideaciones del oyente[1]. Tenemos, entonces, que diferenciar la invisibilización o marginación que ocurre en el hablante del que ocurre en el oyente.

EL GÉNERO (MASCULINO) NO MARCADO

Hemos visto que el género se ha marcado en nuestra lengua por la necesidad de marcar el sexo de las hembras, en los animales, y de las mujeres, en los seres humanos. Además, ahora corresponde ya referirnos a cómo sucede aquel marcaje de género. Todo depende de que no olvidemos la diferencia entre referente y referencia, que vimos en la entrega anterior.

Cuando pensamos en alguien que defiende a las personas de sus problemas judiciales pensamos en “un abogado”, así como cuando pensamos en alguien que realiza una disciplina deportiva como “un atleta”. Pongo a propósito dos masculinos con terminaciones distintas. Pues bien, puede suceder que necesitemos aludir al concepto y no es relevante en el contexto marcar el sexo de los referentes: “el abogado que presente la apelación, deberá sustentar las razones de su recurso dentro de los tres días hábiles”. En este caso, la referencia cubre el concepto de abogado, pero no marca el sexo del ser humano que sea abogado. Gramaticalmente, el lenguaje no está excluyendo a las mujeres, por el contrario, las está incluyendo: está incluyendo a cualquiera que esté habilitado por formación y titulación para ejercer ante los tribunales.

Pero puede suceder, además, que no sepamos el sexo que tendrá el referente cuya referencia usamos. Supongamos que un amigo colombiano me hace una consulta jurídica y le respondo, desde mi teléfono: “debes conseguir un abogado”. Gramaticalmente, la oración no tiene reparo alguno. Ahora supongamos que él me responde: “¿pero tú no eres abogado?” Aquí yo haría una pequeña mueca y le diría: “un abogado… que te represente en este asunto” (se entiende que no puedo o no quiero asumirlo, a pesar de que le regalo mi criterio, que seguro le valdrá poco, así son los amigos). En esta confusión participó una diferencia de contextos: él estaba pensando en alguien que sabe Derecho y yo estaba pensando en quien puede ejercer en causas concretas. En mi Colombia, es abogado quien se gradúa de la facultad (así nunca pise un juzgado); mas en España solo es abogado quien ha hecho el máster correspondiente y ejerce.

Esta diferencia de contextos puede que le vuelva a pasar factura a mi despistado amigo y en una llamada posterior me diga: “Traté de seguir tu consejo, pero no pude. Me conseguí una abogada”. Sé que uno puede tener amigos tontos, y este es justamente el caso. Afortunadamente tomó mi consejo, aun cuando él creyera ser un rebelde de mis designios originales: “debes conseguir un abogado” no implicó en ningún momento la exclusión de la mujer. Quizás él me haya tomado a mí como un machista por no decirle: “debes conseguir un abogado o una abogada”. Hubo un sexismo del oyente. Jamás marqué el sexo del referente, solo usé la referencia genérica que se refiere a la profesión.

En una conversación cotidiana se pueden agregar enunciados que eviten equívocos, que es lo que hacemos ante oyentes despistados, sensibles o proclives a hacer chistes malos con la literalidad de nuestras expresiones despojándolas de contexto. Es una fórmula pragmática de prudencia para evitar que el oyente interprete de manera incorrecta lo que le hemos dicho sin incorrección. 

De manera paradójica, marcar el sexo del referente de un oficio, como pretenden por regla general las feministas, puede conducir a un contexto sexista. Pensemos que le hubiera dicho a mi amigo: “Debes conseguir una abogada”. Aquí el radar del sexismo sí que debería estar prendido, pues tras la marca de sexo que le he puesto a la palabra, puede haber un estereotipo sexista de mi parte: que las mujeres son más tranquilas para cierto tipo de diligencias, que pueden despertar mayor clemencia de un juez varón o cualquiera similar. Puede suceder que no haya tal estereotipo, como sería hacer hincapié en darle oportunidades laborales a las mujeres que ejercen la abogacía, dada la prevalencia histórica de los varones en la profesión.

Cuando utilizamos el genérico, no siempre hablamos “en masculino”, pues hay ciertos femeninos genéricos como “persona” o “víctima”: no marcan el sexo del referente. Quien les habla, siendo varón, perfectamente puede utilizar el pronombre “nosotras” y guardar la concordancia de género femenino: “nosotras, las víctimas de este temporal, nos sentimos desatendidas por el gobierno nacional”. Aquí la concordancia no tiene nada que ver con el sexo del referente, sino con el género del sustantivo. El varón que evite estas formas genéricas femeninas, porque piensa que desdice de su condición de varón, ignora la gramática y padece algo de estupidez.

CLASES, GÉNEROS Y UNA NECESARIA DESAMBIGUACIÓN

Los automerónimos

Quien se dedique a la lógica de proposiciones quizás sienta una gran inquietud al ver que en el lenguaje corriente tenemos algunos términos que designan tanto a la clase como a la especie, lo que se conoce como automerónimos[2]. Es lo que sucede con “día” y “suerte”. La clase de día agrupa las especies opuestas día/noche; la clase de suerte agrupa tanto la suerte (en términos positivos) como la mala suerte. 

“Tres días” incluye a sus respectivas noches, salvo que marquemos a la noche: “tres días, dos noches”. En el primer caso, el referente de “día” es un lapso estandarizado de 24 horas, que incluye el significado específico de “día” y el específico de “noche”; en el segundo, “día” es el opuesto a la noche, con un criterio convencional quizá basado en la luminosidad. Ahora supongamos que la primera expresión hace parte de un enunciado más extenso y con un contexto concreto: “Nos vemos en tres días”, dicho por mi amada, quien me ha pedido ese tiempo para pensar mi propuesta de matrimonio. Si invado la paz de mi Julieta al declive del segundo día, con la excusa de que ella nunca dijo nada de sus noches, posiblemente arruine la idílica historia de amor, pues he desconocido la intención del emisor en su contexto: un tiempo para pensar. Si necesito que me lo expliquen, para contener mi romántico desespero, merezco la soledad.

Algo similar pasaría con “tres días, dos noches”, cuando el contexto fuera la información que aparece en una reserva hotelera, que he concretado por internet. Si llego a media tarde del primer día y me pretendo ir a la media tarde del tercero, diciendo que tres días, en realidad, son 72 horas, y eso fue lo que contraté… según la cortesía y buenas maneras del hotel, se me cargará una noche más, así decida no dormir la tercera, o tirarán mis maletas a la calle. Mi entendimiento de “día” como genérico y no como específico, que era lo que correspondía ante el marcaje del específico “noche”, hacía entender que lo que se cobraba era la noche. De allí que se asuma como desleal mi interpretación de dicha reserva.

Desambiguar al hombre

Si razonamos cabalmente sobre las confusiones que pueden generar estos términos, pero cómo el contexto precisa los significados, podemos a su vez entender que algo similar sucede entre el masculino genérico y el masculino específico: Abogado es un género que incluye abogado y abogada. De la misma manera, “hombre” es el género que incluye al “varón” y a la “mujer”. Así es entendido gramaticalmente, según las academias de la lengua. Pero, además, hay una razón práctica de bastante peso. Si insistimos en la duplicación como regla, se institucionalizarán tipos de valoración distinta según hablemos de varones o mujeres. Este podrá ser el sueño de algunos sectores feministas, pero hay una implicación ciertamente perjudicial para las mujeres en una sociedad profundamente machista, pues el reparto espontáneo de dicha “visibilización” sería generar, desde el lenguaje, una discriminación hacia las mujeres. Una especie de Apartheid lingüístico, donde las valoraciones se reparten tan asimétricamente como ya vienen de su base social. 

Para evitar el sexismo lingüístico nada mejor, como lo expone García Meseguer, que la mujer ocupe el lugar que le ha sido históricamente negado. El genérico es el campo abstracto y si hablamos de profesiones prestigiosas, lo que se debe pretender es la naturalización de la irrelevancia del sexo en dichas posiciones. Es mejor, en vez de marcar el sexo del referente, que los hablantes asuman la amplitud de la referencia: que las mujeres ocupen el lugar de prestigio en el genérico que, en tiempos anteriores, solo han detentado los varones. Esta propuesta permite darle base al hecho evidente de que hay una inclusión progresiva de las mujeres en los oficios prestigiosos y los cargos de responsabilidad. Habrá un momento en que la consideración machista del genérico se identifique como el rezago de un contexto sexista que, por fortuna, ha venido superándose.

Marquemos a las mujeres… y a los otros

Lo anterior no es impedimento para que en ciertos contextos sí sea relevante marcar el sexo del referente. Aquí podemos coincidir con la preocupación feminista de denotar que las mujeres ocupan determinadas posiciones prestigiosas. Pero lo importante es un matiz que con ingenio indicó García Meseguer: cuando se marca el femenino (específico) también debemos ser escrupulosos con marcar el masculino específico. Puede parecer contra intuitivo. ¿Cómo vamos a aumentar el reconocimiento social de las mujeres marcando el masculino del específico? Pues porque la primera forma de visibilizar a la mujer en el “hombre” es decir cuándo nos referimos a los “varones”.

Si de visibilizar a las mujeres se trata, debemos precisar cuál es el sexo de ese grupo específico al interior del genérico llamado “hombre”, “persona” o “ser humano”. Hay que desambiguar el masculino genérico, precisando varones y mujeres, para evitar la impresión en el oyente (algunas veces imputable al hablante) de que estamos excluyendo a las mujeres por vía del genérico. “Abogado” es un ser humano sin sexo, un concepto asignado a un sujeto “abogadil”, los que tienen sexo son las personas que cumplen la función. Por ello, no hay mejor visibilización del sexo que marcar ambos sexos: abogados varones y abogadas.   

SALTO SEMÁNTICO

Hasta ahora hemos visto que el masculino genérico no discrimina a la mujer, mientras que sí lo hace negar a las mujeres el femenino específico. Dicho esto, nos queda describir un complejo y sutil caso de sexismo de orden sintáctico, con una connotación pragmática infravaloradora, lo que llamó García Meseguer “el salto semántico”.

Es un uso del lenguaje en el que el hablante puede no ser consciente de lo que connota. Esto sucede cuando alguien utiliza el masculino genérico, haciéndonos suponer que está incluyendo a las mujeres, pero, inmediatamente, agrega un específico en el que las excluye. Ese es el salto. A manera de ejemplo, es lo que sucedería cuando alguien dice: “en esta aula hay un centenar de futuros abogados y una decena de mujeres”. La conjunción y marca una alteración en el discurso: en la primera parte, se usa el masculino genérico (inclusivo); mientras que, en la segunda, un específico de “mujeres” excluye a las mujeres del reconocimiento de su futura condición profesional.

El sexismo del salto semántico consiste en que aquí sí hay una identificación entre el hombre y el varón. Este es el ejemplo arquetípico en el cual se debe considerar correcta la crítica feminista de la invisibilización de la mujer en el lenguaje. Para evitar el salto semántico, según el propósito del hablante, hay varias alternativas. La primera es no mencionar las mujeres: “en esta aula hay un centenar de futuros abogados”. Este tipo de enunciado será adecuado allí donde el sexo no importe, como si quiero comentar cuánta falta hacen (o cuánto sobran) los abogados en el mercado laboral.

En otras ocasiones, si quiero un énfasis sobre la existencia de las mujeres en el conjunto, no queda otra que marcar tanto el masculino como el femenino: “en esta aula hay un centenar de abogados y abogadas”. En tercera instancia, puede suceder que nuestro interés sea marcar la proporción, en cuyo caso lo recomendable sería utilizar una marca de sexo más enfática: “en esta aula hay un centenar de futuros abogados, 60 varones y 40 mujeres”. La pregunta hipotética que debemos hacernos antes de elegir entre las alternativas es ¿qué quiero comunicar? Y, de manera más específica, ¿qué tipo de equívocos quiero evitar?

Los saltos pueden ser mucho más discretos, como agregar algo propio del varón: “todos los asistentes llegaron a la fiesta y se quitaron sus corbatas”. Salvo que todos los asistentes fueran varones o las mujeres llevaran corbatas, parece que en ese enunciado la mujer ha quedado invisibilizada. 

EL MARCAJE FEMENINO: ENTRE LA TRADICIÓN Y LA INNOVACIÓN

Cambios fáciles

No debemos confundir la discusión sobre las duplicaciones inclusivas con el marcaje femenino en los sustantivos en casos específicos. Este es el fenómeno que sucede cuando un término genérico masculino, aceptando un cambio morfológico usual en la lengua, o alguno no tan usual, se pasa al femenino para designar un referente cierto de una mujer o de un colectivo de mujeres. Como nuestra historia está caracterizada por una asimetría en el reconocimiento del estatus social entre varones y mujeres, es común que las profesiones se plantearan en masculino, y no se soliera hacer el cambio morfológico al femenino. Antes solo había “médicos” varones, “abogados” varones, “jueces” varones, etc. De tal manera, le resultó extraño al lenguaje la incursión de las mujeres en estas profesiones, planteando iniciales resistencias. A las mujeres que ejercían la medicina se les empezó a decir “el médico”, luego “la médico” y ahora se naturalizó “la médica”.

En casos como este, la resistencia social fue fácil de vencer, habida cuenta de que nuestra gramática tiene recursos propios y decantados para el cambio morfológico de la terminación -o a la terminación -a. En esencia, son palabras de doble forma, así antes no hubiera mujeres como referente de dichas palabras. Quien se niegue a esta solución lingüística va contra la gramática y, según el caso, contra el Derecho, como hizo cierta universidad colombiana al negar la denominación de “abogada” en el título correspondiente a una mujer que cumplía los requisitos académicos[3]. A diferencia de lo que hemos planteado respecto al genérico (masculino) no marcado, aquí el sexo del referente sí importa, pues nos referimos a una persona específica que es mujer. Este componente jurídico lo estudiaremos en la próxima entrega. Por ahora solo tengamos en cuenta que estamos ante la hipótesis más fácil de identificar como un caso de discriminación lingüística.

Cambios más discutibles

Diversa es la solución con palabras de forma única, que pueden ser bien masculinas o femeninas, y que se pueden referir, sin alterar su género, a varones o mujeres: “la persona” y “el personaje”. Se suele hacer mofa de los reclamos feministas justo con estas palabras pues su alteración morfológica nos suena tremendamente extraña: “el persono” o “la personaja”.  Estas burlas son una evidente deslealtad discursiva, pues cuestionan algo que nadie ha propuesto. Que esto tampoco se confunda con improvisaciones o ataques de originalidad, como el “millones y millonas de Bolívar”, de Maduro[4], o “los portavoces y las portavozas”, de la ministra de Igualdad de España, Irene Montero[5]. No debemos, en una discusión honesta, calificar a la clase solo por algunos miembros de la especie. 

Hay otra serie de casos gramaticalmente más disputados, como aquellos que tienen el sufijo “-nte”. Muchas de estas palabras relacionan a personas con cargos o roles y, algunas, además terminan en “-ente”, que denota “el que es” o “el que tiene entidad”. Por esta razón, es usual escuchar cierta resistencia a alteraciones morfológicas en la palabra. Es un dato cierto que algunas palabras como “cantante” (el que canta) o “accionante” (quien acciona) no marcan el género de manera alguna, pues basta marcar el género con el artículo correspondiente (el/la cantante), cuando sea necesario marcar el sexo del referente. Lo mismo se suele decir de cargos como juez, concejal, etc.

Del latín a lo que se nos ocurra

Gramaticalmente, tienen razón estos críticos en el sentido de que ha sido una costumbre de la lengua aceptar el cambio morfológico más usual y rechazar aquellos que resulten más extraños. Pero ignoran, quizás, que la derivación a partir de raíces no es la única manera en la que la lengua evoluciona. Nuestro lenguaje es extraordinariamente analógico: si se quiere nombrar un objeto, y el hablante anda corto de estudios de latín y griego, le pone el nombre con lo que mejor lo relacione[6]. Un buen ejemplo es nuestra palabra “ventana”. Sin duda tiene que ver con viento, y este con “ventus”, del latín. Pero la adopción del término no tiene que ver con el respeto al vocablo latino, pues no se derivó de esta raíz. En latín sí había una palabra para ventana: “fenestram”, palabra que sirvió de base a las propias del catalán y el italiano (finestra), la del francés (fenêtre) y del alemán (Fenster, cuya pronunciación es bastante similar a la latina). Me imagino el sufrimiento de los gramáticos de la época al ver con impotencia cómo el vulgo prefería usar una palabra tan ramplona y desusar una con el lustre de la gloria de Roma. Pero así es el pueblo… y la lengua. Nada que hacer[7].

Pues bien, el hablante medio no vio problema de ponerle una -a al final a cargos de menor prestigio ocupados por mujeres como “asistenta”, en lugar del natural “asistente”, o “sirvienta”, en lugar de “sirviente”[8]. “Presidenta” o “gerenta” tiene el precedente analógico de trasgresiones a la costumbre latina que otrora no indignaron a los gramáticos ortodoxos. Toda la razón tiene el discurso feminista en que la visibilización de la mujer en los cargos parte de la base de que aceptemos marcas específicas de género en los sustantivos. Es un acto de reconocimiento ante el cual la gramática no protesta… solo lo hace nuestra herencia lingüística más tradicional o quizás un sesgo machista.

Jueces y juezas

En este panorama, quizás el conflicto más discutido es el del femenino de “juez”. Gramaticalmente, hay tres alternativas: a) feminización del término masculino (la jueza); b) hacer común el término masculino (la juez); y c) androginización del término masculino (el juez). Cualquiera de las tres opciones es legítima, pues, como apunta García Meseguer, obedecen a propósitos lingüísticos diversos: a) brindar la mayor información con menos recursos; b) borrar diferencias por razón de sexo y c) la progresiva debilitación semántica del género como categoría gramatical[9].

Llegados a este punto, y dado que los hablantes nos estamos decantando por la opción a), tiene sentido la pregunta del iracundo custodio del idioma: ¿Por qué debemos decir “juezas” y no “criminalas”? La respuesta sencilla es que nadie pretende el reconocimiento de un grupo excluido a través del crimen. No se trata, en estricto sentido de una especie de trato universal conforme a las reglas de la gramática, sino de remover la discriminación hacia las mujeres sin dificultar el propósito comunicativo del lenguaje. Decir juez o jueza es correcto, aunque jueza sea una adopción muy reciente. Lo mismo que la duplicación por razones de cortesía: en un acto de la judicatura, no debería molestar a nadie que se salude al inicio a los jueces y a las juezas.

Pongamos el siguiente ejemplo de contraste. Si llego a saludar a un grupo de personas, compuesto por mujeres y varones, gramaticalmente está bien que los salude con un “Hola”, “Hola, chicos”, “Hola, amigos y amigas”, etc. Ahora supongamos que dentro de ese grupo está mi pareja, a la que no he visto en todo el día. Según las costumbres colombianas, que ella también tiene, lo normal es que a la pareja se le dirija un saludo especial y cariñoso. Si mi saludo no es especial respecto al resto del grupo, ella podría con razón sentirse excluida… a pesar de que gramaticalmente no lo esté. Si a mí no me importa que ella se sienta así, me defenderé ante su reclamo con la pura gramática; si me importa, trataré de que mi olvido sea excusado por alguna razón (pragmática) importante. Lo mismo sucede si le hablo a un auditorio compuesto de jueces de ambos sexos: si insisto en la corrección gramatical como defensa para no nombrarlas en el saludo (atención, que no estoy defendiendo la duplicación como regla), está en nosotros valorar si eso nos importa. Quien no quiera usar estos recursos de cortesía, que no lo haga. La lengua dará su veredicto, si no es que ya lo está haciendo.

LA RELACIÓN ENTRE HABLANTE Y OYENTE EN EL SEXISMO: UNA CONCLUSIÓN PROVISIONAL

Lo que se ha conocido como “lenguaje incluyente” o “inclusivo” es la etiqueta que se le ha puesto a una serie de propuestas para reducir la discriminación de la mujer en el lenguaje. Con un propósito como éste es imposible discrepar. Las feministas han puesto la lupa sobre problemas reales, pero desatendidos. El texto presente, con las limitaciones que pueda tener, en profundidad y extensión, obedece a este llamado.

Ahora bien, pareciera que hay diferentes aristas en esta discusión. Por un lado, están las recomendaciones lingüísticas (las que podemos asumir, según nos parezcan viables y basadas en supuestos razonables) y, por otro, la manera como las recomendaciones se están convirtiendo en normas.

Hasta ahora nos hemos referido solo a la primera cuestión y hemos dejado algunos temas de lado. Le corresponde al hablante de buena voluntad conocer el tipo de problemas involucrados, las propuestas de inclusión viables conforme al sistema de la lengua y elegir cómo hablar allí donde la gramática no se ha pronunciado.

No obstante, este no es un mero problema lingüístico, de ahí que alguien dedicado a la filosofía del Derecho, como el suscrito, se interese en estas cuestiones. También es un problema moral y jurídico. Moral, porque a pesar de la inocencia de la gramática, los hablantes sí hacen cosas con su lenguaje: pueden reconocer al otro o excluirlo. Por ello, escoger unas formas de hablar comporta una acción moral incorrecta, en caso de que con estas se discrimine a las mujeres.

Empero, la dimensión moral de las formas de hablar no lleva consigo una aceptación de cuanta propuesta se haga en nombre de la mayor inclusión de las mujeres. Puede que una propuesta de “lenguaje incluyente” se base en un diagnóstico incorrecto (como hemos visto con el masculino genérico) o que sean inviables gramaticalmente, por los problemas de concordancia y confusiones lingüísticas que pudiesen suscitar. Dicho de otra manera, ser partidarios de una mayor inclusión de las mujeres no nos inscribe en el lenguaje identitario del feminismo, ni nos somete a su control.

Como cualquier ideología, el feminismo avanzará y evolucionará conforme a su propio código moral y político, sobre el cual aquí no nos hemos referido. Aquí solo nos hemos referido a problemas de exclusión que deberían importar a todo ciudadano en el marco de una democracia constitucional, problemas en los cuales hay coincidencias o discrepancias, según el caso, con las lecturas que se denominan como feministas. La gramática, el uso adecuado del lenguaje y la necesidad de evitar las discriminaciones a las personas es un patrimonio común de la modernidad. Participo del consenso según el cual, dentro de las múltiples discriminaciones existentes, combatir la exclusión de la mujer es una de las prioridades de la agenda política.

La mayor inclusión se puede lograr con el respeto a la designación de cargos femeninos (así la fonación o la grafía nos parezca extraña), así como evitar palabras que minusvaloren a las mujeres o estructuras sintácticas que las invisibilicen, como sucede con los saltos semánticos. Si hacemos esto, habremos evitado los casos más extendidos de sexismo del hablante.

Si queremos evitar el sexismo del oyente, en lo que esté de nuestra parte, tenemos que apreciar cuándo es necesario evitar equívocos y marcar el sexo de las mujeres… y los varones, para que la mujer no quede invisibilizada.

Pero lo que se ha llamado “lenguaje incluyente” no solo es un asunto político, ligado al feminismo, sino jurídico. Existen pretensiones, razonables muchas veces, de que se legisle sobre el uso incluyente del lenguaje y las normas mismas, cada vez más, están siendo enunciadas por los legisladores tratando de cumplir los cánones feministas sobre el lenguaje. Este es un tema mucho más sensible que cualquiera de los descritos y, por supuesto, merece un estudio específico, que es el que realizaremos en la próxima entrega.

CONTINUARÁ…


[1] El “sexismo del oyente” es un concepto que debemos, al igual que muchos otros que mencionaré, a Álvaro García Meseguer, el pionero de los estudios sobre sexismo lingüístico y la referencia obligada para hablar de estos temas. Este autor es al estudio del sexismo lingüístico lo que Newton a la física. No hay ningún trabajo sobre sexismo que prescinda de su cita y, de hecho, tampoco he encontrado crítica alguna a sus planteamientos (puede que las haya, desde luego). La solidez de sus publicaciones, particularmente en la obra ¿Es sexista la lengua española? Una investigación sobre el género gramatical (1994), es lo que explica la cita reiterada de mi parte, pues buena parte de la bibliografía que hay en este tema siempre reconduce a él. Como dato curioso, sépase que su profesión no tuvo nada que ver con la lengua. Fue un ingeniero renombrado académicamente en su ramo, pero se interesó por lo usos sexistas a partir de la observación directa y de su militancia, junto con su pareja, en un movimiento feminista. Eso lo llevó a escribir un texto fundacional, en 1977, llamado Lenguaje y discriminación sexual.

[2] Victoria Escandell-Vidal “Reflexiones sobre el género como categoría gramatical. Cambio ecológico y tipología lingüística”. Disponible en:  https://www.researchgate.net/publication/326583738_REFLEXIONES_SOBRE_EL_GENERO_COMO_CATEGORIA_GRAMATICAL_CAMBIO_ECOLOGICO_Y_TIPOLOGIA_LINGUISTICA

[3] Sentencia de tutela Juzgado Quinto Civil Municipal  de Ejecución de Sentencias de Bucaramanga, 3 de noviembre de 2020. RAD:  68001-43-03-005-2020-00136-00.

[4] https://www.youtube.com/watch?v=UrXQkPOvI7A

[5] Es muy interesante ver el video cuyo enlace dejo aquí. Si observamos con detenimiento, cuando la ministra dice “portavozas”, sus ojos se entrecierran y hay una ligera pausa: fue un gazapo, como podría sucederle a cualquiera. Como “portavoz” es común en cuanto al género, la marca del sexo del referente se hace con la concordancia gramatical del artículo (el/la portavoz y los/las portavoces). En otra alocución, en lugar de reconocer el error, se defiende de su falta de corrección atacando a la gramática, a la RAE y al patriarcado en general. Un curioso caso de cómo la ignorancia se vuelve virtud política. Mírese: https://www.youtube.com/watch?v=NM8FQo_Nst8

[6] “El cambio analógico no debe ocurrir, sino que puede ocurrir (o no), puesto que el individuo es dueño y creador de su expresión” (destacado en el original).  Eugenio Coseriu, Introducción a la Lingüística, Gredos, Madrid, 1986, p. 96.

[7] Aunque pueda ser obvio para la mayoría de los lectores, no solo en español hicimos la asociación entre viento y ventana. Idéntico sucedió en el inglés: wind-window.

[8] Para una explicación sucinta y precisa de la corrección del sustantivo “presidenta”, mírese: https://www.fundeu.es/escribireninternet/presidenta/#:~:text=Es%20%C2%ABente%C2%BB%2C%20que%20significa,la%20terminaci%C3%B3n%20%C2%AB%2Dnte%C2%BB.

[9]  Álvaro García Meseguer,¿Es sexista la lengua española? Una investigación sobre el género gramatical, 1994, pp. 50-51.

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