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LENGUAJE INCLUSIVO Y DISCRIMINACIÓN CONTRA LAS MUJERES- PARTE I

Ricardo Garzón Cárdenas

Sílex Formación Jurídica

INTRODUCCIÓN GENERAL

“Lenguaje inclusivo” es una expresión que genera pasiones allá donde vaya. Es un hecho social evidente que este vocablo ha crecido a instancias del pensamiento feminista, con el propósito de que se luche por eliminar las discriminaciones contra la mujer mediante el lenguaje. Esta clara filiación ideológica (y aquí no se tome por tal una falsa conciencia de la realidad, sino, sencillamente, un cuerpo de ideas que gobiernan a sujetos y colectivos en su interpretación de esta) motiva que quienes simpatizan con el movimiento feminista acepten el vocablo y cuantas implicaciones conlleve. En sentido contrario, quienes discrepan de esta ideología (porque tienen una distinta) rechazan de manera radical la idea de que el lenguaje discrimine a las mujeres, por lo que no hay que perder el tiempo teorizando sobre estas cuestiones.

Así, hay quienes desde el statu quo suponen que no hay problema alguno en el lenguaje que deba ser remediado; y, por otro lado, quienes suponen que la gramática es una construcción patriarcal que reproduce el sometimiento de la mujer a través del lenguaje. En este trabajo hay un punto medio: supondré que sí hay discriminaciones hacia la mujer en el lenguaje, y mostraré que algunas implicaciones razonables se derivan de las propuestas que se suelen englobar bajo el rótulo de “lenguaje inclusivo”. También mostraré que algunas propuestas conducen a problemas de claridad en el lenguaje y, en algunas ocasiones, a la exclusión de la mujer.

En lo que respecta a la gramática general, debo decir que hay poca originalidad de mi parte. Es, más bien, una síntesis ordenada de las bases que considero fundamentales para luego acometer el análisis de la discriminación lingüística hacia las mujeres, un problema sin duda jurídico. Que cierto tratamiento lingüístico sea discriminatorio es algo que podemos determinar mediante reglas lingüísticas, pero la proscripción de dicho trato es algo que debemos establecer conforme a las reglas del Derecho.

En el anterior sentido, el texto se distribuirá en cuatro partes: I. La noción de “género”; II. Gramática y exclusión: género marcado y sin marcar; III. Sexismo lingüístico y discriminación; IV. El Derecho: ¿Qué puede evitar o corregir el Derecho? ¿Cómo hacerlo?

Empecemos con la primera parte.

PRIMERA PARTE. GÉNERO: ACEPCIONES DIVERSAS Y PROBLEMAS CONCEPTUALES QUE QUIZÁS SEAN MALENTENDIDOS

“Género” es un término con variadas acepciones y una larguísima tradición en nuestra lengua. Del latín “genus”, encontramos sus marcas genéticas en todas las lenguas tributarias del latín: “das Genus”, en alemán; “gender”, en inglés; “il genere”, en italiano; “le genre”, en francés; “o gênero”, en portugués, etc. El género se relaciona, en general, con muchas cuestiones, de allí que sea normal que nos genere tantos equívocos conceptuales. No trataré aquí de hacer una genealogía del término “género”, sino abarcar el género de cuestiones que más nos interesan para que las discrepancias sean conceptuales y no puramente terminológicas.

GÉNERO COMO CLASE O CONJUNTO

El sentido más amplio en el que es entendido el término “género” es el de “clase” o “conjunto”. Se trata de la base misma del pensamiento, pues utilizamos clases para organizar todas nuestras ideas y esto, naturalmente, tiene una proyección sobre el lenguaje con el que nos comunicamos. Las dos primeras acepciones del Diccionario de la Lengua Española corresponden a esta: 1. “Conjunto de seres que tienen uno o varios caracteres comunes” y 2. “Clase o tipo a que pertenecen personas o cosas”[1].

Estas dos acepciones, plenamente instaladas en nuestro hablar cotidiano, se basan en una serie de ideas maduradas por siglos, sistematizadas por primera vez en los Tópicos, de Aristóteles. En esta obra, el estagirita mostró que nosotros definimos una cosa relacionando su nombre con la enunciación de ciertas propiedades. Que cuando esas propiedades son únicas, que solo se dan en aquel objeto definido, se dice que es propio de lo definido, como lo es la capacidad de leer y escribir en los seres humanos. Además, en ese proceso de definición de las cosas, podemos contar con el auxilio de enunciar el “género”, “lo que se predica, dentro del qué es, acerca de varias cosas que difieren en especie”. Así, hay un género constituido por seres que comparten determinadas propiedades, pero difieren en otras. En el ejemplo de Aristóteles, el género del hombre es el de animal. Por último, algo que luego nos será muy útil, está el “accidente”, lo que no es ni definición, ni propio, ni género, pero se da en el objeto: puede darse o no darse[2].

Esta acepción es la que explica que se utilicen expresiones como “género humano”, para aludir al conjunto de seres que compartimos biología y cultura, o “género romántico”, para referirnos a la clase de obras literarias que tienen en común estilo y contenido de dramas amorosos.

GÉNERO COMO CLASE SUPERIOR

Aunado a lo anterior, “género” tiene una acepción más específica en el lenguaje de los conjuntos, cuando quiera que se refiera a una clase superior respecto a otra que se considera “especie”. De la mano de esta acepción, vemos los conjuntos en términos dinámicos, interactuando con otros. Esta es una cuestión fundamental en cualquier operación racional y es el resultado de un axioma de la teoría de los conjuntos: que dentro de un conjunto se pueden generar más conjuntos y todo conjunto puede constituirse en subclase o miembro de un conjunto superior.

Como lo han mostrado los estudiosos de la teoría de los conjuntos, la utilidad de la idea de conjunto es que reduce la inmensa complejidad de las operaciones lógicas posibles a dos: la pertenencia de un miembro a un conjunto y la inclusión de un conjunto en otro conjunto superior. Es lógicamente imposible aportar información sobre algo si no es planteándolo como miembro o subconjunto de un conjunto mayor.

Me pongo de ejemplo. Cualquier cosa que se diga de mí es lo mismo que dar determinadas características mías o que se me ubique en la clase de los miembros que comparten dicha característica. Soy colombiano y capricornio. Esto es lo mismo que incluirme como miembro que pertenece a la clase de los colombianos y los capricornio. A la par, si les dijera que soy huilense (o miembro de El Huila) y alguno no supiese a qué alude ese conjunto, bastaría averiguar que El Huila es una unidad territorial que pertenece a Colombia o, en términos más estrictos, que la clase de los huilenses está incluida en la clase de los colombianos.

¿POR QUÉ ES IMPORTANTE HABLAR DE GÉNEROS COMO CONJUNTOS?

Pertenencia e identidad

Tener presente que género es conjunto nos permite ubicar dos problemas algo ubicuos en el discurso feminista. Por un lado, está el problema del lenguaje inclusivo como lenguaje identitario: cuando cierta persona habla, por el tipo de palabras que escoge, se presenta ante la sociedad como miembro perteneciente a determinado grupo caracterizado por cierta ideología. Todos sabemos que determinadas expresiones se convierten en señas de identidad ideológicas. A manera de ejemplo, si algún conocido, que no amigo, me dice “compañero”, es posible que sea marxista; “hermano”, es posible que sea cristiano; “colega”, es posible que quiera denotar un trato profesional. Esto es lo que pasa con el vocabulario feminista, donde hay un conjunto de palabras que dan identidad a quienes comparten esta ideología: patriarcado, empoderamiento, cosificar, sororidad, techo de cristal, micromachismos, machirulo, etc[3].

También en el problema de la pertenencia se ubica la cuestión de la identidad de género, el nombre que recibe la posible (que no necesaria) divergencia entre el sexo biológico y la percepción de determinada persona respecto a su sexo, desde el punto de vista psicológico y cultural. Este es un asunto interesante, pero sobre el cual no me detendré mucho. Además de exceder los propósitos de este trabajo, es un campo cubierto por el reciente trabajo de Pablo de Lora, que trata de manera más que solvente estas cuestiones[4]. Lo que sí no quiero dejar de marcar como relevantes es que esta discusión tiene una base lógica que no podemos ignorar.

La inclusión como problema lógico-gramatical

Adicional a la pertenencia, la otra gran cuestión es la de la inclusión del conjunto de las mujeres en el grupo de las personas con plenitud de derechos. La exclusión se puede dar bien por usos sexistas del lenguaje o por formas lingüísticas asimétricas. Saber si las mujeres están incluidas o no en el lenguaje requiere repasar algunos fundamentos de gramática del español, nuestro lenguaje común. Esto es importante para un abordaje correcto.

Con la gramática clara, podemos ver que ciertas objeciones de sexismo al uso del lenguaje se dan por incomprensión del funcionamiento de nuestras reglas gramaticales. También podemos ver que ciertas críticas de sexismo son imputables al uso del lenguaje, más no a la gramática misma: hay herramientas adecuadas para los usos adecuados. Cuando no hay sexismo, a pesar de la acusación de que así sucede, lo que necesitamos es una pedagogía de nuestra gramática, para que se entienda el porqué de la incorrección de algunas propuestas. Cuando sí hay sexismo, no necesitamos alterar nuestra gramática, sino conocer los modos de uso de las reglas que nos permiten incluir a la mujer.

Los casos dudosos

Pero también hay casos donde las reglas no son del todo concluyentes: situaciones en las que las propuestas feministas no resultan plenamente convincentes, mas no puede afirmarse que contraríen al sistema de la lengua. Dicho de otro modo, las propuestas no son incorrectas o agramaticales[5], el hablante puede usarlas, si se quiere identificar con el ideario feminista, o no usarlas en sentido contrario. A manera de ejemplo, es lo que pasaría con la famosa duplicación “todos y todas”, en el saludo en una alocución pública: gramaticalmente es una redundancia, pero las redundancias no son necesariamente incorrectas, tan solo desaconsejadas. Si alguien quiere un énfasis retórico, en el cual las mujeres se sientan incluidas, puede libremente usar la duplicación y mostrarse ante su auditorio como partidario de esa particular tesis lingüística feminista. En sentido contrario, si quien habla considera que todo su público se siente incluido con el masculino genérico “todos”, no tendrá necesidad de usarlo. Hay, de hecho, un supuesto un poco más radical: que la duplicación pueda generar en el público la percepción de que el disertante se identifica (censurablemente, desde ese punto de vista) con las ideas del feminismo o del “lenguaje incluyente”. En este último caso, si hubiese algo de feminismo en el corazón del orador, será mejor disimularlo, si pretende un discurso retóricamente efectivo.

Se trata de una decisión cuya validez dependerá, no ya de las reglas de la gramática sino, del contexto y los propósitos del hablante.

GÉNERO COMO SEXO: CONJUNTO DE SERES HUMANOS DIFERENCIADOS POR SU SEXO

La otra acepción importante para nuestra comprensión de las cuestiones ligadas al lenguaje inclusivo es la de género como conjunto específico relativo al sexo: machos y hembras, en los animales; hombres y mujeres, en los seres humanos. En esta acepción, “género” es sinónimo de “sexo”. Hoy estos usos se tienden a separar, por razones filológicas y filosóficas.

La razón filológica es descrita con sumo detalle por Álex Grijelmo, quien rastrea esta acepción de género como traducción literal del inglés “gender”. Este término fue acuñado en la época victoriana como eufemismo de “sex”, pues se consideraba inmoral y malsonante. Esta palabra entra en el español con la traducción de la Declaración de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer (1995), donde lo que debió ser sexo (característica biológico-sexual) se transformó en una palabra pretendidamente diferente: las posiciones sociales que ocupan hombres y mujeres. Esto luego desencadenó, como lo explica la filóloga Pilar García Mouton, gran crítica de la locución “género”, en una confusión total de significados: “Muchas investigaciones actuales parecen seguir al pie de la letra la regla de sustituir la palabra “sexo” por la de “género” allí donde aquella pueda aparecer, sin importar lo más mínimo el contenido al que se pueda estar haciendo referencia”[6].

A pesar de las objeciones de muchos académicos, el término género tuvo éxito y se coló en la agenda política en el 2004, con la discusión de la ley “contra la violencia de género”. La Real Academia Española (RAE) escribió un informe en el que pedía al gobierno de Rodríguez Zapatero reflexionar sobre la inconveniencia del término, sin objetar de manera alguna el contenido de la normativa, por supuesto[7]. El gobierno no oyó de manera alguna a la RAE. Ya en la edición de 2014 del Diccionario de la Lengua Española (DLE) estaba figurando la acepción de género como “Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico”[8]. La RAE registró un uso que había tenido fortuna en el vocabulario de las instituciones públicas y en la conversación académica y cotidiana. No me resisto a marcar este hecho, pues que un término haya tardado menos de diez años en ser incluido en el DLE, a pesar de ser una traducción incorrecta de diversos términos con equivalencia en español (con la correspondiente advertencia) es un dato que evidencia la poca justicia que se le hace a esta Academia cuando se le acusa de guardiana del patriarcado en el lenguaje.

La razón filosófica se ubica en los comienzos del pensamiento feminista, con la expresión “no se nace mujer: se llega a serlo”, de Simone de Beauvoir. Como lo explica Pablo De Lora, detrás de esta idea hay dos significados del término mujer: condición sexual (sexo en términos biológicos) y condición femenina o género (conjunto de expectativas y roles sociales asignados a quien tiene condición sexual de mujer)[9].

Las paradojas de esta acepción de género

El entronque entre el movimiento político y la rápida recepción del término “género”, es lo que explica hoy buena parte de las confusiones que pueden existir cuando se lo utiliza en términos prácticos.

Se trata de un término esencialmente contradictorio. Por ejemplo, la violencia que ejerce un hombre contra una mujer para su menosprecio y sometimiento, a la que cabría la locución “violencia machista” (pues es una forma de violencia que corresponde a patrones de comportamiento censurables de algunos hombres contra algunas mujeres), se le llama “violencia de género”, lo que da a entender que es la violencia de un género (sexo) hacia otro, de forma total y sin excepciones. De modo contrario, se habla de “enfoque de género” para aludir a una visión diferencial de los asuntos prácticos desde el género (sexo) femenino, excluyendo como irracionales las concepciones que no se ajusten a dicho enfoque. Este enfoque podría llamarse “igualitarista” o “antidiscriminatorio”, para implicar la necesidad de atender las particulares condiciones de discriminación de las mujeres en diversos contextos.

El género es dos cosas contrarias al mismo tiempo, pero con una conexión: la del sexo. En el primer caso, el género (sexo masculino) es la violencia de los hombres contra las mujeres. En el segundo caso, el género (sexo femenino) es el enfoque o perspectiva de las mujeres sobre la realidad. Es sorprendente que se considere útil y preciso un término que connote lo positivo y lo negativo al mismo tiempo, pero dependiendo de a qué sexo se refiere.

GÉNERO GRAMATICAL

Hay una acepción de “género” que no tiene nada que ver con la biología, sino con la gramática. Me parece que esta es la acepción más importante de género, la que más se ignora en sus dimensiones teóricas y donde más se presentan malentendidos, como si se tratara de auténticas discrepancias conceptuales.

El género es un rasgo de los nombres (o sustantivos) que rigen la corrección gramatical de las expresiones que construyamos con ellos. Los nombres y pronombres (los términos con los que sustituimos el nombre, como él, aquel, este, ella, aquella, esta) tienen algo así como una marca genética que los convierte en masculinos o femeninos y nos obliga a una adecuación sintáctica de este género con el de otras palabras, como los adjetivos, los determinantes y los cuantificadores. Estas marcas genéticas las notamos por rasgos morfológicos (terminación en –a, -e, -o) o léxicos (que la palabra marca ella misma su género: la ballena, el yerno,  la nuera, etc.)[10]. A veces la diferencia léxica de género, nos permite advertir que nos referimos a objetos distintos: “el corte/la corte; el músico/la música”.

Usualmente, los sustantivos masculinos terminan en “-o” (el carro, el libro, etc.)  y los femeninos en “-a” (la mesa, la silla, etc.). Esta regla es generalísima al nivel que olvidamos que dicha correspondencia es usual, más no necesaria. Hay masculinos terminados en “-a”, como “planeta”, “trauma”, “problema”, etc.; y femeninos terminados en “-o”, como “mano”, “foto”, “libido”, etc. Aquí advierto un bostezo en quien lee estas líneas al tiempo que se pregunta, qué relevancia tienen todos estos ejemplos.

¿Y para qué es importante saber de género gramatical?

La razón es que los sustantivos deben ir coordinados con sus adjetivos, artículos y pronombres, para que nos expresemos correctamente y sin ambigüedades. Pensemos en el adjetivo “negro/negra” y ahora las siguientes expresiones: Un barco de vela negro/un barco de vela negra. En el primer caso, el masculino “negro” determina que lo que estoy adjetivando es a un barco de vela; en el segundo caso, el femenino “negra” adjetiva a la vela. Una errada coordinación de género puede llevar a que se nos entienda algo distinto de lo que pretendemos. Son las reglas gramaticales las que nos dicen la manera como debemos expresarnos para producir determinado sentido. No está sometido a juicio de valor que los sustantivos sean masculinos o femeninos, ni injusticia alguna que reparar en ese campo. La gramática describe nuestro idioma y sus reglas.

Los géneros de las palabras son meros accidentes. Estos accidentes pueden construir idiomas en los que los problemas de género apenas existen: en el inglés el artículo “The” homogeniza el género de los sustantivos. Por el contrario, el alemán establece “Der”, para el masculino; “Die”, para el femenino y “Das”, para el neutro. ¿Es más injusto el alemán que el inglés? No. Sencillamente más complicado, porque las palabras se tienen que aprender junto con su artículo, para poder hablar adecuadamente este idioma. Este contraste entre idiomas fáciles y difíciles en materia de género es algo que comprobó amargamente Mark Twain, quien tuvo la honesta iniciativa de aprender alemán y de su frustrada intentona surgió un delirante ensayo titulado “The Awful German Language”. Con un fino sentido del humor, se declara sorprendido: “In German, a young lady has no sex, while a turnip has. Think what overwrought reverence that shows for the turnip, and what callous disrespect for the girl” [En alemán, una señorita no tiene sexo (quizás se refiere al sustantivo neutro “das Mädchen”), mientras que un nabo sí. Piensa en la exagerada reverencia que se muestra por el nabo y en la cruel falta de respeto hacia la niña][11].

En el aprendizaje del español los sustantivos terminados en -e son un dolor de cabeza, así como los masculinos que no terminan en -o (árbol, arte, azúcar, etc.) o los femeninos que no terminan en -a (sartén, llave, etc.). Cada idioma tiene sus peajes y quien quiera cruzar el camino, debe pagar la tasa correspondiente[12].

Cuando se encuentran género y sexo

Género y sexo son, entonces, ideas que no tienen nada que ver, salvo por una coincidencia: los seres sexuados como machos se designan con sustantivos masculinos; mientras que los seres sexuados como hembras se designan con sustantivos femeninos: el niño/la niña; el profesor/la profesora; el gato/la gata, etc. Pero, de nuevo, debemos tener en cuenta que hay excepciones gramaticales: El asexuado ángel es masculino, la ballena puede ser macho, el águila puede ser hembra (aunque el sustantivo sea masculino y termine en -a).

No se trata entonces de coincidencias conceptuales, sino contingencias, accidentes. El hablante suele pensar que las palabras deben tener una flexión de género masculino en lugar de femenino no por alguna razón especial. Sencillamente es una costumbre. De esas costumbres se ocupan los gramáticos, nada más registrando y sistematizando esas constantes. No son normas, en términos prescriptivos… hasta que los hablantes se aferran con fuerza a ellas y juzgan el estatus de los otros, según la destreza en el manejo del idioma. Las normas son bastante flexibles, pero debe pasar mucho tiempo para que se acojan los cambios.

Si el género es un accidente, y la cuestión es muy clara, ¿a qué se debe el crítico repiqueteo que pregona la necesidad de un lenguaje incluyente? De un verificable uso sexista del lenguaje que minusvalora a la mujer o de formas gramaticales que invisibilizan a la mujer. Estos problemas y sus soluciones es lo que veremos en la segunda parte.

CONTINUARÁ…


[1] https://dle.rae.es/g%C3%A9nero

[2] Tópicos I 5, 102ª-102b5

[3] Dentro de los múltiples trabajos de análisis de estos términos, es destacable el de Álex Grijelmo, pues tiene como valor que su análisis es netamente filológico, no se involucra ni a favor ni en contra respecto a la corrección de los significados de estos términos. Mírese Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo, Taurus, 2019.

[4] Pablo de Lora. Lo sexual es político (y jurídico), Alianza, 2019.

[5] En materia de corrección lingüística, se suele distinguir entre agramatical, incorrecto, no recomendado, preferible y correcto.

[6] “Género como traducción de ‘gender’. ¿Anglicismo incómodo?”, en Rosa María Jiménez Catalán y Ana María Vigara Tauste (coords.), ‘Género’, sexo, discurso, Madrid, Laberinto, 2002, pp. 133 a 150.

[7] https://www.uv.es/ivorra/documentos/Genero.htm

[8] https://dle.rae.es/g%C3%A9nero

[9] Pablo de Lora. Lo sexual es político (y jurídico), Alianza, 2019.

[10] Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Nueva gramática de la lengua española: Manual. Espasa, 2010, § 2.1.2c

[11] A continuación dice: “a tree is male, its buds are female, its leaves are neuter; horse are sexless, dogs are male, cats are female–tomcats included, of course” [un árbol es macho, sus brotes son femeninos, sus hojas son neutras; los caballos no tienen sexo, los perros son machos, los gatos son hembras, incluidos los gatos machos, por supuesto]

[12] Algunos gramáticos establecen el género neutro no para los sustantivos, sino para algunos pronombres, como en el caso de “ello”. Es el caso cuando sustituimos una expresión completa. Así lo establece Grijelmo, Gramática descomplicada, p. 173.

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