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LENGUAJE INCLUSIVO Y DISCRIMINACIÓN CONTRA LAS MUJERES (PARTE II.1)

Ricardo Garzón Cárdenas

Sílex- Formación Jurídica.

II.1 LO QUE NECESITAMOS SABER DE LA GRAMÁTICA

Una vez tenemos claro el concepto de género en la gramática, podemos entrar en la distinción fundamental: lenguaje y realidad. Cuando diferenciamos estos planos podemos, a su vez, distinguir entre la gramática y el uso del lenguaje.

EN LA BÚSQUEDA DE UN INTERLOCUTOR O DE UNA INTERLOCUTORA

Antes de ver estas distinciones, quizás es necesario mostrar el contexto en el que estas se vuelven importantes. Todas estas cuestiones gramaticales serían unas más de las materias que solo competen a los expertos en la lengua, si no fuera porque nuestro lenguaje se ha convertido en la diana de los disparos de un movimiento de emancipación política: el feminismo. Se trata de una guerra con varios frentes y uno de ellos es el del lenguaje. Por tal razón, para exponer cualquiera de las ideas sobre las relaciones entre gramática y discriminación hacia la mujer, debemos antes enterarnos de las acusaciones tan radicales como usuales respecto al lenguaje.

Cuando digo “radicales” no me refiero a radicalismo ideológico al interior del feminismo sino a un desafío más directo a los fundamentos del lenguaje, un cierto tipo de rebeldía gramatical muy pronunciada. Esta insubordinación es protagonizada, por regla general, por científicas sociales que han erigido en la noción de “poder” la explicación de todos los asuntos relevantes: todo es político. Aquí no se encuentran filólogas o lingüistas. Estas últimas, en realidad, están en el grupo que denuncian los usos sexistas del lenguaje y sugieren mecanismos para su superación (tema que veremos en la Parte III), pero no suelen imputarle al lenguaje tanta maldad.

LA CONJURA DEL PATRIARCADO

Hay un modelo argumental, un conjunto de argumentos, según el cual el lenguaje está preso por instituciones conservadoras que buscan perpetuar el patriarcado. Coral Herrera, figura influyente en los círculos feministas de Iberoamérica, en el prólogo a un libro dedicado al lenguaje incluyente y titulado “Ni por favor ni por favora”, nos da los argumentos que sostienen esa tesis. Las ideas, más o menos, se encadenan de la siguiente manera: 

  1. La sociedad actual es machista, lo que supone que las instituciones reproducen una ideología antifeminista, un sometimiento y un desconocimiento de la igualdad de la mujer.
  2. El machismo se reproduce, entre otras formas, mediante el lenguaje. El lenguaje es político, una construcción humana: reproduce los intereses de los grupos dominantes.
  3. La ideología patriarcal y capitalista es construida desde la Real Academia Española (RAE), la encargada de establecer qué es lo correcto y lo incorrecto.
  4. LA RAE se encarga de “que el patriarcado siga en nuestras mentes y emociones, en nuestra literatura, en nuestra forma de percibir el mundo, de interpretarlo, de hablar y comunicarnos”.
  5. “La RAE exhibe sin pudor su postura contraria a los derechos humanos de las mujeres. Saben muy bien que si algo no se nombra, no existe”.  
  6. Se puede detener al machismo si se entiende que las lenguas están vivas: se adaptan y producen cambios. Que el lenguaje está vivo, implica que se puede deconstruir y transformar
  7. Para trasformar el lenguaje basta con ponernos creativas y valientes.

En el texto original las tesis no vienen en ese orden ni numeradas. No pretendo referirme a cada una de ellas, pero sí que se observe su concatenación. El núcleo de la argumentación es el que he resaltado en cursiva: “Saben muy bien que si algo no se nombra no existe”. Esto se le atribuye a la RAE de manera directa, pero cualquiera de nosotros se puede sentir aludido tan pronto esté de acuerdo con las tesis gramaticales de la Academia. Y pensemos que estar de acuerdo en la gramática con la RAE no es tan inverosímil, es casi como estar de acuerdo con un ingeniero sobre cómo se debe construir un puente o el de un médico acerca de cómo se debe tratar un catarro.

Pero, como es obvio, no quiero apelar al argumento de la autoridad. Quizás por esa profilaxis metodológica aquí no cito a la Academia, salvo cuando el tema sea hablar de alguna entrada de los diccionarios. Hay mucha gramática más allá de la RAE, como hay más cocina que la que se prepara en los restaurantes con estrellas Michelin, pero a nadie se le ocurriría afirmar que esos cocineros no saben lo que hacen.

En la cadena argumental de Herrera hay una serie de suposiciones que debemos separar: que el lenguaje excluye a la mujer, que podemos cambiar el lenguaje si queremos y si no lo cambiamos es sencillamente porque patrocinamos el sometimiento social de la mujer. Las tres suposiciones son falsas, pero a ellas se llega de buena fe, cuando se confunden algunos conceptos. Para empezar a desenredar esta madeja necesitamos, en primera instancia, recordar qué es la gramática.

DE LO QUE LA GRAMÁTICA NO TIENE LA CULPA

Nadie puede negar que existe el machismo en la sociedad

Que la mujer ha sido marginada por una cultura machista es algo que no admite discusión. La invisibilización ha sido un fenómeno tan evidente que discutir su realidad sería un patético acto de necedad. Para que no se crea que estoy desplegando una retórica de la falsa empatía, invito a quien lee estas líneas a que haga un ejercicio. Es muy sencillo. Si tiene una obra clásica en versión digital, entre más extensa mucho mejor, haga una búsqueda del término “mujer”. Podrá ver, con excepciones, que no harán más que confirmar la regla, que, en la gran mayoría de casos, este vocablo es sinónimo de “esposa” y cuando se dice algo de ella se podrá ver que la función del personaje femenino en la obra depende en la trama de un personaje varonil. Las mujeres no hacen cosas en esta narrativa, distintas de ser algo del varón. Esta ha sido una constante. Y los he invitado a consultar una obra clásica por una sola razón: porque en su momento son referencia del manejo correcto de la lengua. Dicho de otra manera, el machismo de los autores no hace incorrecta o sexista a la gramática. Si queremos buscar las causas del machismo, quizás la gramática sea la fuente más inocente de todas.

Las gramáticas y su importancia

¿Qué culpa tienen la torre y el alfil de hacerle jaque mate al rey? ¿Qué culpa tienen las matemáticas de que no me alcance el dinero hasta el fin de mes? ¿Qué culpa tiene la norma de la agencia tributaria que ordena una sanción para mí, en caso de que no pague mis impuestos a tiempo? Las tres preguntas tienen la misma respuesta: ninguna. La torre solo sabe moverse en línea recta y el alfil en diagonal, nada que hacer. Si los números negativos superan a los positivos, el resultado será negativo, fatalmente. Si la norma ordena la multa, no hay mucha salvación. Las tres son reglas: de tal manera que debo conocerlas para que sea el rey ajeno el que perezca, mis cuentas funcionen y no me sancionen por mi desorden tributario. Exactamente pasa lo mismo con la gramática.

La gramática establece las reglas del lenguaje, de cualquiera. Pensemos en un sistema lógico como lo es el de las matemáticas. Los números representan unidades: “4=.:.”. ¿Por qué? Porque hemos llegado a esa convención. No es una realidad natural, es un acuerdo. Antes del impresionante aporte árabe a nuestra cultura, las cuatro unidades las representábamos como “IV”. ¿Eso quiere decir que podemos a nuestro antojo representar cuatro unidades con un “6” o un “&”? La respuesta es depende. Si nuestro interlocutor conoce y usa la convención, es posible; si no, no. Y aquí viene la utilidad de las gramáticas: nos permite evitar equivocaciones, al estandarizar los usos de los símbolos, para que una comunidad determinada entienda las operaciones de aquel lenguaje.

Las gramáticas como conjuntos de reglas

Todas las gramáticas, sea las de los lenguajes corrientes (los del habla cotidiana) o los de los lenguajes formalizados (matemáticas, lógica, sistemas computarizados, etc.), tienen en común que están compuestas de reglas. Que haya reglas no quiere decir que estas no se puedan cambiar. Quiere decir que no se puede realizar cualquier cambio ni por cualquier razón. Todo lenguaje tenderá solo a los cambios que precisan y simplifican la comunicación y evitará todos los cambios que vuelvan al sistema confuso, inconsistente o incoherente.

Ahora bien, la diferencia entre los lenguajes formalizados y los corrientes es que estos evolucionan con el uso que los hablantes hacen de ellos. Es decir, en el hablar van apareciendo variaciones en la lengua que se van quedando en ella. Este hecho hace pensar a quienes alegan el sexismo del español que si no se cambia la estructura del idioma es por un deliberado machismo. Esta conclusión es falsa, quizás por apresurada.

Que el lenguaje corriente sea un constructo social no implica que podamos hablar de cualquier manera, si tenemos alguna razón moral o política para hacerlo. La lengua suele ser muy lenta en sus cambios, generalmente nosotros cambiamos más rápido de ideas políticas. Si nos da la impresión de que el lenguaje ha cambiado, es sencillamente porque lo usamos para propósitos distintos, cosa que antes podíamos, pero no sabíamos o queríamos.

¿CÓMO CAMBIA EL LENGUAJE?

Como lo explica Álvaro García Meseguer, cuando pensamos en el cambio lingüístico, debemos pensar en tres velocidades: el léxico, la sintaxis y la fonología[1]

El léxico

En la dimensión léxica, si nos pusiéramos de acuerdo ahora mismo en eliminar una palabra del diccionario, bastaría con que ella perdiera utilidad o nos sancionáramos socialmente de manera efectiva para que ella desparezca. Me pongo de ejemplo. Después de cuatro años haciendo mi vida en España he perdido un buen número de palabras cotidianas: las he dejado de escuchar y cuando las utilicé en esta comunidad no se entendió lo que pretendía decir. Me vi obligado a adoptar nuevas palabras y abandonar las viejas. Luego, cuando ya me he acostumbrado a las nuevas palabras, en una conversación desprevenida con un colombiano, que comparte mi léxico primigenio, saltan las palabras españolas en la conversación y detecto la rareza de mi interlocutor: obviar el glosario común (así se entienda el significado de la palabra extraña), según el interlocutor y su apertura mental, puede equivaler a denostar de la comunidad a la que pertenezco. Él, o ella, puede ser cortés y disimular su sensación o recriminarme la impostura.

En el primer caso, la palabra colombiana tiende a desaparecer por su inutilidad en un nuevo contexto; en el segundo, la palabra española se obvia por la inconveniencia en dicha conversación. Con igual rapidez, aunque a una mayor escala (hay que agregar cientos de miles o millones de hablantes), se presenta el cambio léxico en las comunidades de hablantes. Son rápidos y voluntarios. Basta que se quiera adquirir una nueva palabra o abandonarla para que así suceda. En nuestro tema, puede que hoy nos suene extraño “pilota”, para marcar el sexo femenino de quien pilotea (o pilota, como se dice en España) un vehículo, para que se incorpore y luego a nadie le parezca extraño.

La sintaxis

Los cambios sintácticos, a diferencia, son mucho más lentos. Las funciones de las palabras en las oraciones no es algo tan fácil de controlar como el escoger unas expresiones en lugar de otras. Para ponerme de nuevo de ejemplo, pensemos en las preposiciones. Como todos lo saben, es común en España la conjunción de preposiciones “a por”. Si voy a la biblioteca por un libro, lo común es que se diga aquí: “voy a por un libro”. Hace unos años se consideraba una construcción incorrecta, pero tiende a normalizarse académicamente. Seguramente porque permite distinguir la dirección de la acción de la razón o causa por la que se realiza. “Voy por un libro que leí” es diferente a “voy a por un libro que leí”. En el primer caso digo que voy a donde sea en virtud de ese libro (como sería visitar una montaña, sobre la que leí en aquel libro), en el segundo caso me dirijo a recoger ese libro. No obstante la explicación gramatical, ciertamente convincente, quien les escribe se resiste a utilizar la conjunción “a por”. ¿Por qué? Seguramente porque los cambios sintácticos son más difíciles de procesar y por comodidad prefiero hablar como suelo hablar.

Tratándose de lenguaje incluyente, aquí es donde quizás se hacen las propuestas menos viables, como las duplicaciones inclusivas: “los abogados y las abogadas”. Un tema que merece un tratamiento separado. Por ahora téngase en cuenta que la dificultad de implementación radica en las inconsistencias a las que puede llevar.

El cambio fonológico

Por último, está el cambio fonológico. El más lento. Hasta ahora no hay ninguna propuesta de lenguaje inclusivo al respecto, pero es de esperarse que en un mundo tan creativo se empiece a considerar que los excesos de erres vuelven un mensaje agresivo o que la profusión de íes es una forma subliminal de tratar en diminutivo a los interlocutores. Veremos. Este cambio es tan lento que, con contadísimas excepciones, un hispanohablante latinoamericano residente en España quizás nunca termine de adoptar completamente la pronunciación de la ce o la zeta, a la española, con un sonido distinto a la ese de toda la vida. La razón es elemental: implica un recableado de toda nuestra experiencia lingüística, desde la infancia hasta la actualidad, una inversión mental demasiado exigente, que se debe aplicar de manera constante. Lo podemos intentar si queremos, pero a la más leve emoción que duerma nuestros dispositivos mentales de autocontrol, al más leve sobresalto, nuestro hablar puede convertirse en un dinámico cuadro de Picasso.

LA RAE Y LOS CAMBIOS

Entre el pueblo y los hablantes cultos

Como se puede ver, es verdad que el lenguaje cambia, pero no a cualquier velocidad o por cualquier razón. Algo que saben los académicos de la RAE que, a propósito, controlan menos este proceso de cambio de lo que piensan quienes comparten la opinión de Herrera. La RAE no es más que el árbitro entre dos fuerzas poderosas al interior de la lengua: el habla del pueblo llano y la corrección de las élites culturales, como escritores, filólogos, gramáticos (antes se decía periodistas y abogados, pero claramente vamos en declive como referencia para la lengua, no sin razón, pero ese es otro tema).

El pueblo habla como habla. Acabo de decir una tautología, pero no es de otra manera. El pueblo se queda con las palabras, las estructuras y los sonidos que le agradan. Los académicos recogen algunas formas populares y le dan lustre, mejoran la categoría y apreciación de la palabra. A veces, ellos tienen la osadía de desaconsejar usos y al pueblo le suena el cambio; otras veces, el pueblo los desdeña. Es una dialéctica dinámica pero ciertamente arbitraria, que nadie controla en su totalidad.

¿El lenguaje es político?

Con todo, también es común que se dude de la condición de “árbitro” de la RAE. Herrera afirmó, como lo cité antes que “La ideología patriarcal y capitalista es construida desde la Real Academia Española (RAE), la encargada de establecer qué es lo correcto y lo incorrecto”. Se acompaña también este argumento, usualmente, con la idea según la cual otras lenguas no tienen una institución que dice cómo se habla. Todos y todas estamos oprimidos y oprimidas.

“Construir” es un verbo grandilocuente cuando de lo que se trata es de conectar una institución y una ideología. Sobre todo, cuando se trata de instituciones sin poder coactivo alguno, como sucede con la Academia. Si queremos controvertir sobre tal ingeniería machista, basta que pensemos qué hacemos cuando queremos aprender una nueva lengua: acudimos a manuales, guías y diccionarios que dicen cómo se habla. ¿Alguien ha sentido la opresión mientras consulta los diccionarios de referencia como el Larousse en francés, el Oxford en inglés, el Langenscheidt en alemán?

Pero, cambiemos la pregunta, quizás hacia donde dirige la mirada la crítica de Herrera ¿Será que estos diccionarios traducen una ideología? ¡Por supuesto! Allí donde la ideología importe y se note. Los pueblos tienen ideología y su lenguaje traduce esa ideología: es una obviedad colosal. La misma ideología la encontraremos en español si en vez del Diccionario de la Lengua Española DLE, consultáramos el Diccionario de uso del español, de la gran María Moliner. 

Los miembros de la RAE han sido tan liberales o conservadores como la sociedad de la que hacen parte. Respecto a la gramática, han registrado las palabras que conforme a sus criterios lexicográficos han considerado que se usa y desaconsejado los usos que pueden causar inconvenientes en la comunicación. De allí que resulte tan injusta la carga permanente contra la Academia por no incluir términos de uso escaso o confuso (cuando se considere de connotaciones positivas. Mírese la inclusión de «género», en la primera entrega) o mantener términos cuyo uso es indudable, pero que se acusan de ser políticamente incorrectos: los diccionarios recogen el uso del lenguaje y explicitan sus reglas, no las crean.

Repitámoslo: quien crea las reglas es la comunidad de hablantes, en la cual se les da mayor importancia a los escritores reconocidos. Los académicos solo registran el uso y advierten sobre las incorrecciones. En la actualidad, hablar bien es respetar las reglas actuales. Esto no es un impedimento para la rebeldía: los rebeldes, si son exitosos, son los pioneros del próximo establecimiento. Mientras, las escaramuzas no tienen la entidad para convertirse en imposiciones al común de los hablantes.

Ciertos cambios radicales son resistidos por la propia dinámica de la lengua. Como lo afirma Escandell-Vidal, la voluntad colectiva de los hablantes decide sobre las palabras y sus tiempos. Las imposiciones, generalmente, nunca prosperan[2].

LA REALIDAD Y LA LENGUA

En las discusiones sobre la inclusión de las personas por vía del lenguaje debemos tener presente la existencia de dos coordenadas de análisis: la realidad y la lengua. La realidad podemos verificarla en la forma de sus fenómenos, explicar sus causas y valorarla allí donde sea posible o útil. Otra dimensión es la lengua, el dispositivo mediante el cual nos comunicamos para representar esa realidad. De esta manera, hay una relación entre mundo y lengua.

Esta distinción realidad-lengua es esencial para comprender y combatir la exclusión de la mujer en las sociedades contemporáneas. Determinada distribución de bienes y cargas puede ser injusta, porque trata de manera inequitativa a la mujer: les confiere responsabilidades valiosas a los varones y priva de ellas a las mujeres. Este ha sido el hecho, y el sustrato sobre el que se ha erigido el movimiento feminista. Está en el plano de la realidad que haya sociedades más excluyentes hacia las mujeres que otras. Basta examinar sus estadísticas de empleabilidad, la mayor victimización o los códigos de vestuario de las mujeres respecto a los varones para inferir, con poco margen de error, el grado de exclusión socialmente institucionalizada de la mujer.

Por otro lado, está la lengua que representa aquella realidad. Si el contexto social es machista, habrá un conjunto de palabras que asignen valor a las características sociales propias de los varones y un disvalor a aquellas características sociales propias de las mujeres. El lenguaje, en un tipo de sociedad como esta, proporciona un léxico diverso según hablemos de varones o mujeres, también figuras retóricas para que podamos hacer mofa de ellas. No hay un refranero popular que supere hoy en día un estándar mínimo de respeto a las mujeres. Y así. Es machista el lenguaje de una realidad machista. Aquí hay una relación, mas no necesariamente una identificación.

LA TESIS DE LA INVISIBILIZACIÓN DE LA MUJER

Como he dicho en líneas anteriores, no hay duda de que la mujer históricamente ha sido invisibilizada. Pero ello no sucede por la estructura de la lengua, por su gramática.

La insistencia de que esta invisibilización tiene origen gramatical se debe a la regla según la cual se usa un masculino genérico para aludir tanto a varones como a mujeres. A manera de ejemplo, en la gramática el concepto de “profesor” tiene género masculino, la misma forma del masculino específico (el usado para referirnos a un profesor varón); mientras que la mujer que cumple ese papel es una “profesora”. Con ello, si decimos “profesor”, en el singular, o “profesores”, en el plural, la gramática asume, por regla general, que nos referimos a ambos sexos.

La regla de uso del masculino genérico tiene la implicación, en la visión feminista, de invisibilizar a la mujer, que el varón sea el paradigma de lo humano: el masculino genérico “profesores”, esconde la existencia de “las profesoras”. Producto de esta postura, la sugerencia más común es que dupliquemos el género: hablemos siempre de “profesores y/o profesoras”. No nos referiremos por ahora a la duplicación, sino a la hipótesis de la invisibilización. Para criticarla de manera correcta, necesitamos conocer cómo se han formado los géneros.

LA FORMACIÓN DEL GÉNERO EN LAS LENGUAS

Hubo algún momento, como sucedió en Macondo, que “el mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. Esas cosas que señalaron los macondianos con el dedo es lo que se conoce en la lingüística como referente, algo que existe real o conceptualmente; cuando dijeron por primera vez la palabra que identificaba ese referente, le pusieron a este una referencia, una etiqueta lingüística que le asignamos a los objetos. Gracias a la referencia no es necesario que quien nos escucha esté viendo en el mismo instante el referente al que me refiero. El oyente se hace una imagen mental con la referencia, así el referente no esté allí o si quiera exista en la realidad. Esta distinción referente-referencia nos será muy útil más adelante.

Las cosas del mundo se organizan mentalmente a partir de abstracciones indispensables para que nuestro lenguaje cumpla su función de comunicación. Pensemos en la idea simple de “comida”, cual implica ligar una necesidad fisiológica a una serie de alimentos, vegetales y animales que nos nutren. “Comida” distingue lo que, pareciendo comestible, nos alimenta de lo que nos enferma. Esta referencia tiene que diversificarse a medida que la realidad lo demandaba, diferenciar dentro del concepto de comida, avena, guisantes, huevos, carne, pollo, etc.

Ya con la alacena diversificada, requeríamos, además, precisar cantidades, necesitábamos varios huevos para hacer la tortilla que alcanzara para los comensales: aparece la marca de número o la diferencia entre singular y plural.

Luego, cuando se empiezan a intercambiar productos, cada uno necesita cosas distintas. Habíamos observado que nos podíamos alimentar de la leche de otros mamíferos y necesitamos diferenciar entre machos y hembras. Una casa, si quería maximizar sus recursos, se podría apañar con un macho, pero necesitaba varias hembras. La única función del macho era la procreación, pues las hembras daban la leche, como las gallinas los huevos, etc. Había nacido la marca de género, como necesidad de marcar en nuestro lenguaje el sexo de las hembras.

A la par, la función de la maternidad de la mujer fue de tal importancia para la especie que empezamos a necesitar el género (gramatical) femenino para excluir a los humanos varones. Las primeras esculturas que hemos podido conocer son dedicadas a la mujer y muchas culturas le rindieron sendos homenajes a la maternidad. Luego vino el amor romántico, las epopeyas y Odiseo luchando por volver a ver a Penélope. El resto de la historia ya es más conocida.

Esta microhistoria que he contado, superficialmente, pero con honesto propósito didáctico, es la misma que han contado los filólogos expertos en la evolución del indoeuropeo, lengua raíz de más de ciento cincuenta idiomas, los que se han hablado desde Europa hasta Asia meridional[3]. Si esto es verdad, los géneros gramaticales no fueron necesarios sino cuando las lenguas tuvieron que aludir a la hembra y a la mujer, por su importancia para la comunidad.

La formación de la lengua, se me podrá decir, no explica ni justifica por qué el masculino ocupa tanto el genérico humano como el específico del varón. Sería tanto como amparar las injusticias lingüísticas en la tradición. En parte tienen razón, pero para abordar plenamente esta objeción debemos comprender la manera como el lenguaje corriente se refiere a ciertos conjuntos que parecen incluidos en sí mismos, tema que introdujimos en la primera parte y con la que seguiremos en la parte II.2

CONTINUARÁ…

[1] Álvaro García Meseguer. ¿Es sexista la lengua española? Una investigación sobre el género gramatical, Paidós, 1994.

[2] Victoria Escandell-Vidal. “Reflexiones sobre el género como categoría gramatical. Cambio ecológico y tipología lingüística”. Se puede consultar en: https://www.researchgate.net/publication/326583738_REFLEXIONES_SOBRE_EL_GENERO_COMO_CATEGORIA_GRAMATICAL_CAMBIO_ECOLOGICO_Y_TIPOLOGIA_LINGUISTICA

[3] Particularmente interesante en este campo es el estudio de Francisco Villar, Los indoeuropeos y los orígenes de Europa, Gredos, 1996, capítulo VIII “Los géneros”, pp. 234-241

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